Este
símbolo de elegancia masculina surgió por casualidad —o por error— debido a la
forma de almacenar los pantalones, unos sobre otros, a principios del siglo XX.
Lo
normal por aquel entonces era plancharlos primorosamente antes de
estrenarlos... hasta que el rey Eduardo VIII se manchó los suyos en una cena de
gala y sus criados tuvieron que salir a comprar otros a toda prisa.
Sin
tiempo de planchárselos, el soberano vistió los pantalones con la raya de la
pernera bien marcada y, como por aquel entonces, lo que hacía el rey iba a
misa, en la siguiente fiesta de gala, todos los hombres llevaban bien marcada
la raya del pantalón.

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