En
1956, un psicólogo de Harvard llamado George Miller publicó lo que se
convertiría en un trabajo clásico en la historia de la investigación de la memoria. Comenzaba con una introducción
convertiría en un trabajo clásico en la historia de la investigación de la memoria. Comenzaba con una introducción
memorable:
Mi
problema es que me ha estado persiguiendo un número entero. A lo largo de siete
años este número me ha seguido, se ha entrometido en mis datos más privados y
me ha asaltado desde las páginas de nuestras revistas con mayor difusión. Este
número adopta distintos disfraces, en algunas ocasiones es algo mayor y en
otras algo menor de lo habitual, pero nunca cambia lo bastante como para que
resulte irreconocible. La perseverancia con que este número me atormenta es
mucho más que un accidente aleatorio. Existe, por citar a un famoso senador, un
patrón subyacente, un modelo que rige sus apariciones. O bien al número le pasa
algo raro o sufro de manía persecutoria.
A
decir verdad, a todos nos persigue el número entero al que se refería Miller.
Su ensayo se titulaba «El mágico número siete, más dos o menos dos: algunos
límites en nuestra capacidad para procesar información». Miller descubrió que
nuestra capacidad para procesar información y tomar decisiones en el mundo se
ve limitada por una restricción fundamental: sólo podemos pensar en siete cosas
a la vez.
Cuando
una idea o percepción nueva entra en nuestra cabeza, ésta no se almacena de
inmediato en la memoria a largo plazo, sino que más bien existe en un limbo
temporal, en lo que se conoce como memoria de trabajo, una serie de sistemas
del cerebro que retienen todo cuando ronda nuestra conciencia en el momento
actual.
Sin
volver atrás para releerlo, intente repetir para usted las tres primeras
palabras de esta frase.
Sin volver atrás
Fácil,
¿no?
Ahora,
sin volver atrás, intente repetir las tres primeras palabras de la frase
anterior a ésa. Si le resulta algo más complicado, es porque esa frase ya ha
sido olvidada por su memoria de trabajo.
La
memoria de trabajo desempeña un papel crucial de filtro entre nuestra
percepción del mundo y nuestra memoria a largo plazo de la misma. Si cada
sensación o pensamiento fuese almacenado en el acto en la enorme base de datos
que constituye nuestra memoria a largo plazo, nos ahogaríamos, como S y Funes,
en información irrelevante. La mayor parte de las cosas que nos pasan por el cerebro
no necesita ser recordada más que en el instante que dedicamos a percibirlas y,
de ser preciso, reaccionar a ellas.

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