Las
palabras son el vehículo de contacto de nuestra alma con la realidad.
Gracias a ellas tomamos conciencia y simbolizamos lo vivido. Las palabras nos brindan además la posibilidad de signifcar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: las palabras nos ayudan a dar un sentido a la vida.
Gracias a ellas tomamos conciencia y simbolizamos lo vivido. Las palabras nos brindan además la posibilidad de signifcar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: las palabras nos ayudan a dar un sentido a la vida.
Gracias
a las palabras percibimos las diferencias, los contrastes y nos acercamos al
mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios. Son
puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices,
su humanidad y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros
mismos. Paradójicamente también las palabras nos ayudan a tomar distancia, a
ganar perspectiva, a desahogarnos. Nos permiten acercarnos y alejarnos, gestionar
distancias, entregarnos o partir.
«La
palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha», dejó
escrito Michel de Montaigne. Las palabras nos pertenecen a ambas partes en
diálogo cuando éste es sincero, cuando la escucha es atenta, cuando hay
voluntad de encuentro. En ellas nos encontramos y por eso nos unen, nos llevan
al intercambio, a la relación, al encuentro y así es como nos hacen ver, sentir
y crecer…

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