Según
una vieja leyenda, un famoso guerrero va de visita a la casa de un
maestro Zen. Al llegar se presenta contándole los títulos y aprendizajes que había obtenido tras años de sacrificios y largos estudios.
maestro Zen. Al llegar se presenta contándole los títulos y aprendizajes que había obtenido tras años de sacrificios y largos estudios.
Después
de una presentación tan erudita, le explica que ha venido a verlo para que le
enseñe los secretos de la sabiduría Zen.
Mientras
el guerrero y filósofo hablaba, el maestro le ofrece cordialmente té, y
aparentemente distraído, vierte el té en la taza del guerrero hasta el tope y
sigue haciéndolo hasta que se desborda. El guerrero le advierte al maestro que
la taza está llena y que no admite más líquido y éste se está escurriendo.
El
sabio tranquilamente replica: —“exactamente, señor. Usted viene con la taza
llena, ¿cómo podría usted aprender algo?
Todo
mundo entiende, o eso es lo que se dice, la importancia de saber escuchar y de
ser escuchado. Parece obvio señalar los beneficios y las implicaciones
profundas que conlleva en el desarrollo humano y en el desarrollo social, no obstante,
vale considerarlas.
En
el nivel individual tal vez el aspecto más importante de escuchar al otro sea
que nos permite descentrarnos,
reconocer que ante la realidad y sus condiciones existe diversidad de perspectivas
con una validez inherente, pues cada persona experimenta y crea su realidad
(sus valores, sus referentes, sus significados) sobre la que actúa y se
construye. Escuchar a los demás nos permite reconocer nuestra propia forma de
construir nuestro mundo, identificar bajo cuáles premisas lo hacemos y valorar
si son adecuadas o requieren ser modificadas. Escuchar es una forma de verse al
espejo.
Asimismo,
escuchar al otro es la forma más básica de solidaridad y la base de la
solidaridad es la compasión: nuestro fundamento más profundo, la base inherente
de nuestra humanidad compartida. La humanidad es una realidad de contrastes,
pues no se caracteriza por seamos buenos o malos, sino porque su dinamismo nos
lleva a encarnar sus límites más sublimes y más oscuros, y esta dualidad es la
que nos permite elegir el mejor camino, pero si bien el camino es individual,
nunca es en soledad. Escucharnos compasivamente nos permite identificar las relevancias,
los contrastes y los accidentes de nuestra geografía personal, así como valorar
y apreciar
el camino en lo que éste se termina…
En
el nivel social el saber escuchar no es solo una necesidad sino un imperativo.
Ha tomado muchos siglos de historia –conflictiva, dialéctica, cíclica,
dolorosa- comprender y arribar con tropiezos a sistemas de organización que nos
permitan poner más y mejores condiciones para realmente, humanamente, convivir
haciendo real ciertos valores como el respeto, el reconocimiento mutuo y el
trabajo por el bien común. Nuestros sistemas sociales no son, ni podrán serlo
nunca, perfectos, justamente por el carácter ambivalente de nuestra humanidad, no
obstante, estamos dotados de recursos para ajustarlos, construirlos y
reconstruirlos.
La
democracia, por ejemplo, no es un sistema perfecto, sin embargo, pone las
condiciones justamente para identificar sus propios fallos y regularlos lo
mejor posible incorporando normas para reconocer e integrar las diferencias
entre personas y grupos y trabajar con ellos, en este sentido es necesario
subrayar que la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de
organización social que implica fundamentalmente la participación de todos en
temas de interés público. En este sentido, los problemas por lo tanto no son
vistos como aspectos negativos, sino como condiciones o escenarios para
expresar nuestras más elevadas potencialidades, las cuales son inherentes a
nuestra forma de convivir, pues sabernos escuchar permite formas de acuerdo, de
consenso, de negociación, de concesión, aspectos esenciales para la
convivencia. El saber escuchar entonces es una competencia y una condición para
la paz, no solo personal sino social.
Pero
esta reflexión no es sobre la importancia de escuchar, sino sobre saber
escuchar. Y es que a pesar de que vivimos en una sociedad democrática y plural,
estamos lejos de haber desarrollado esa capacidad que es urgente no solo para
la convivencia social y la paz, sino sobre todo para facilitarnos los unos a
los otros una vida interior sana y abierta. En esta reflexión se parte de la premisa
de que para que la sociedad sea capaz de enfrentar adecuada y realistamente sus
problemas y pueda dar salida con viabilidad a los retos históricos más
urgentes, es necesario e inaplazable trabajar y educarnos personalmente para
construir una vida interior saludable, porque un ámbito interior personal es la
base de todo cambio social, en alguno punto desvinculamos y fragmentamos esas
realidades, no obstante, es hora de volver a lo esencial.
¿Cuál
es la condición para escuchar al otro? Hacer silencio. Pero hacer silencio no
ser refiere a no hablar, a mantener la boca cerrada mientras el otro habla;
hacer silencio tiene la condición de estar plenamente presente al otro, estar
de una pieza y ser todo-sentidos para nuestro interlocutor; poner toda –toda-
nuestra atención primeramente a la persona de enfrente más que a lo que está
diciendo. Esto no quiere decir que ignoremos, que no presentemos atención al mensaje,
o que no respondamos inteligentemente a él, sino que la atención está puesta a
la totalidad dinámica y en flujo de quien demanda, por un momento, nuestra
atención, nuestros oídos. Es fundamental entender que los conceptos y
pensamientos que tanto defendemos tienen una
incontrovertible condición de impermanencia, por lo que las ideas que pensamos
o que nos comunican son en realidad bastante inestables y frágiles, lo esencial
aquí es entender que el otro está expresando, está manifestándose. Al igual que
nosotros está cambiando.
Hacer
silencio. Ése es el verdadero desafío de quien escucha. Hacer silencio se
refiere a mantener nuestros pensamientos a raya, a no permitir de entrada que
todo el proceso de interpretación y proyección personal –toda esa verborrea
mental que se expresa invariablemente en juicios y valoraciones producto de
nuestras expectativas e ideas fijas de lo que debe-ser o de lo que “nos
gustaría” que fuera-, nos pre-dispongan y se viertan sobre nuestro interlocutor;
implica sin duda una confianza básica sobre la complejidad y empuje del
dinamismo humano. Y cuando somos capaces de hacer silencio interior y no
proyectar nuestras ideas y condicionamientos, así como tampoco identificarnos
con las ideas y condicionamientos del otro, la comunicación suele ser fluida y
liberadora, especialmente compasiva, inteligente y productiva.
Frecuentemente
cuando un buen amigo, la pareja o un colega, nos escucha realmente lo que agradecemos
no son los consejos o recomendaciones que pueda hacernos sino que justamente no
intenta corregirnos u orientarnos, sino que nos acepta incondicionalmente; y
que en el simple acto de escucha atenta nos sirve como un espejo terapéutico
que refleja nuestras inquietudes; puede que intervenga para ayudarnos a
aclarar, formular y confrontar, pero no como una reacción intelectual sino como
el resultado de quien intenta entender sin interpretar el lugar desde el que estamos
e intenta, con sus recursos, favorecer que seamos nosotros quienes encontremos
una salida. Ésa es la razón por la que las personas con esta habilidad son tan
invaluables y le hacen un gran servicio a quienes les rodean: maestros, padres
y madres, terapeutas, etc.
Es
casi dramático: buena parte de la paz social que tan urgentemente necesitamos y
que buscamos en todos lados radica en nuestra capacidad de hacer silencio
interior; radica en nuestra capacidad de vaciar y aquietar nuestra mente
mientras nos relacionamos, en el aquí y ahora, con el otro de una manera
siempre nueva, siempre fresca. Siempre con una taza vacía.

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