No
vamos a hablar de las grandes tiestas que se celebran una o dos veces en
el año en los suntuosos salones que en el piso principal del palacio de Villahermosa habita la ilustre viuda de D. Martín Larios, ni siquiera de las animadas recepciones de los viernes en las que congrega a un número limitado de sus amigos; de unas y otras la prensa diaria informa detalladamente a sus lectores, y en sus descripciones, hasta las personas de menos fantasía hallan sobrada materia para trasladarse con la imaginación a otras épocas ya lejanas en que eran proverbiales y por la fama consagrados el fausto y esplendor de nuestra aristocracia.
el año en los suntuosos salones que en el piso principal del palacio de Villahermosa habita la ilustre viuda de D. Martín Larios, ni siquiera de las animadas recepciones de los viernes en las que congrega a un número limitado de sus amigos; de unas y otras la prensa diaria informa detalladamente a sus lectores, y en sus descripciones, hasta las personas de menos fantasía hallan sobrada materia para trasladarse con la imaginación a otras épocas ya lejanas en que eran proverbiales y por la fama consagrados el fausto y esplendor de nuestra aristocracia.
Destinadas
estas crónicas a las tertulias íntimas de esta fase interesante de la vida
madrileña, hemos de sacar los materiales para proporcionar un rato de solaz a
los lectores; y ¡qué cosas tan curiosas y amenas podrán contarse de esas
reuniones a las que diariamente concurren los prohombres de todos nuestros
partidos políticos!
En
el salón de la marquesa de Squilache tiene dos elementos que le diferencian
esencialmente de otros de que ya hemos hablado y de los que nos proponemos
hablar en sucesivos artículos: son esos elementos el político y el militar.
Entre
los políticos, acuden allí de todos los partidos, desde los más conservadores
como Tetuán, Castellanos y Tejada de Valdosera, hasta republicanos como
Castelar y Carvajal, si bien estos dos ilustres repúblicos, que se honraban con
la amistad de la noble dama, no eran de los más frecuentadores de su casa.
Los
liberales tienen allí también numerosa representación, entre la que descuellan
los ex ministros Puigcerver, Capdepón y Navarro-Rodrigo, comensales a menudo en
aquella casa.
El
elemento militar es numerosísimo y brillante: Martínez Campos y Primo de
Rivera, López Domínguez, Azcárraga, Marín, Echagüe, Borbón, Fernández de
Mendoza, Bargés, Correa, el actual ministro de la Guerra y otros muchos acuden,
con más o menos frecuencia, a saludar a la marquesa de Squilache y forman parte
de sus diarios comensales.
Con
osos elementos, por decirlo así, característicos, alterna el puramente
aristocrático, que suele estar constituido por las duquesas de Ahumada y
Hornachuelos, por las marquesas de la Laguna, Marín y Coquilla; por las
condesas de Belascoaín, Orgaz y Vía-Manuel; por las señoras de Echagüe y Díaz
Martein y señorita de Caicedo.
No
hay asunto de actualidad que allí no se comente y discuta; durante la comida y
después de ésta, hasta las once, hora en que se constituyen las mesas de
tresillo, cada cual emite sus juicios, y que son éstos autorizados, bien claro
lo pregonan los nombres de los ilustres personajes citados, y en más de una
ocasión, frases allí pronunciadas han repercutido en las esferas políticas a
semejanza del beso dado en Cantón, de que habla el ilustre autor de las
Dolaras.
Durante
la pasada guerra, ¡con qué ardor, con cuánta pasión se comentaban los sucesos!
Los generales, sus amigos, escribían a la Marquesa desde el teatro de las operaciones,
y sus cartas llegaban urnas veces como manantial de esperanzas, causaban otras
terribles decepciones.
En
aquella época los salones de la marquesa de Squilache parecían una sucursal de
la Cruz Roja; tal era la profusión de vendas y otros objetos que para los
heridos de Cuba y Filipinas logró reunir la caridad de la ilustre dama.
Cuando
en el Congreso o en el Senado se inicia una discusión violenta, los oradores
que han terciado en el debate reciben allí felicitaciones o censuras, y la
discusión parlamentaria truécase allí en amables ingeniosos escarceos, en los
que no pocas veces los hombres políticos expresan con más claridad sus
opiniones que en el augusto santuario de las leyes.
Desde
las once hasta la una todos los asuntos de actualidad ceden su puesto al
tresillo; ya no se oye discutir más que por un solo de favor, o por un codillo
dado a algún general por una aristocrática dama.
En
la mesa de la Marquesa juegan casi diariamente el general Martínez Campos y el
Presidente de la Audiencia de Madrid Sr. Gual, alternando con éstos alguna de
las damas antes citadas, y el general Primo de Rivera, o los Sres. Echagüe y
conde de Munter.
Con
este tresillo se sostiene una Escuela de pobres en Madrid; todo el que gana
deposita una limosna en un cepillo colocado al efecto, y de esa manera, casi
insensiblemente, se reúnen cantidades respetables de que los pobres se
aprovechan.
Monte-Cristo

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