Tan
sólo utilizamos un pequeño porcentaje de los más de 9.000 términos que
recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Aquí presentamos algunas que te pueden venir bien en el día a día
recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Aquí presentamos algunas que te pueden venir bien en el día a día
AUTOR
HÉCTOR G. BARNÉS 08/02/2016 16:49
Si
de verdad aprecias a tu jefe y consideras que mereces un ascenso, puedes
agasajarlo llamándole cultipicaño. Si quieres meterte con tu suegra, quizá
llamarla virago sea una buena idea. Y si no aguantas más, avisa a tus
compañeros: estás tan furiente que tienes ganas de empezar una pelamesa con los
trapalones que te rodean. Lo más probable es que termines de patitas en la
calle, recibas una paliza o mueras envenenado o, si tienes suerte, que no
entiendan nada de nada. En realidad, has llamado “culto y pícaro” a tu jefe,
“mujer varonil” a la progenitora de tu esposa y has dicho que estás tan
enfadado que tirarías del pelo a los bocazas de tus compañeros.
La
última edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua recoge 93.111
palabras, de las cuales, utilizamos unas 5.000. Ello nos deja casi 90.000
palabras por descubrir para incorporar a nuestra habla diaria. En El pequeño
libro de las 500 palabras para parecer más culto (Alienta), un diccionario de bolsillo
a lo libreta Moleskine, Miguel Sosa recoge un puñado de términos cuyo uso nos
hará parecer un poco más sabihondos o, al menos, nos ayudarán a desconcertar a
nuestro interlocutor. Además, nunca está de más conocer ciertos términos, no
vaya a ser que nos caiga una palabra como “catáfora” en la prueba de acceso a
la universidad. Seleccionamos 15 de estos términos que, como asegura el autor,
no están anticuados ni desfasados. Simplemente olvidados.
Alipori:
coloquial, “vergüenza ajena”.
Muy
pocos idiomas han proporcionado un nombre a esa turbación que sentimos cuando
alguien se empeña en arrastrar su dignidad por el fango. No sólo podemos
emplear la fórmula “vergüenza ajena” para referirnos a ello, sino también
“alipori”, aunque hay quien lo escribe sin la a, es decir, “lipori”, como es el
caso de Julián Marías.
Baldragas:
“hombre flojo, sin energía”.
Este
término proviene del árabe “hatraq”, que significaba “charlatán”, y se empleaba
a menudo en el siglo XIX como insulto. “¿Habrá osado mirarte frente a frente
ese baldragas?”, se preguntaba uno de los personajes de José María de Pereda en
el relato «Blasones y talegas», que formaba parte del libro Tipos y paisajes.
Un buen sinónimo para el “hombre blandengue” que acuñó El Fary.
Caire:
“dinero, especialmente el ganado por una prostituta”.
Otro
término procedente del árabe (“hayr”), que en este caso significa “bien”,
“gracia”, y que no debe confundirse con el mismo término en catalán, que
significa “extremidad de alguna cosa”. Su uso más célebre es el del refrán
“quien no ha caire, no ha donaire”, es decir, que el que no invita de vez en
cuando se granjea muy pocas amistades.
Collón:
coloquial, “cobarde”
Suena
a “cojón” y, efectivamente, está íntimamente relacionada con dicha palabra, con
la que comparte origen, el latín “coleone”, “testículo”. En este caso, sin
embargo, se encuentra más cerca de la expresión “tener los cojones gordos”.
Aparece en el clásico de Juan Rulfo Pedro Páramo.
Dromomanía:
“inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro”
Bonita
palabra, vive Dios, aunque encubre una realidad un tanto más triste. En la
Introducción a la psicopatología general (Morata) de Christian Scharfetter, es
definida como “fugas, escapadas, un vagar sin meta, de un lado a otro, que
surge de un modo impulsivo, directo, imperioso”. Como explica el psiquiatra,
“aparece en estados distímicos de índole reactiva, psicótica endógena, psicopática,
epiléptica y en niños y adolescentes como reacción a conflictos en el hogar o
la escuela”. Que también suena poético, pero nadie querría pasar por ello.
Egresar:
“salir de alguna parte”
Es
cada vez más habitual que el término “egresado” se utilice como sinónimo de
“licenciado” por herencia del inglés y sus traducciones latinoamericanas, por
lo que mucha gente piensa que la palabra proviene del ámbito académico. Sin
embargo, su origen se encuentra en el latino “egredior, egressum”, es decir, “ir
fuera”, y comparte origen con digresión (“apartarse del tema tratado”).
Estólido:
“falto de razón o discurso”
Junto
a la anterior, probablemente esta sea la palabra más utilizada de toda la
lista, pero nunca está de más acordarnos de este sonoro insulto utilizado por,
entre otros, el Marqués de Santillana, y que proviene del latín “stolidus”,
primo hermano de “estulto”. Ya lo decía el Eclesiastés en la traducción Vulgata
antigua: “Stultorum infinitus est numerus”, es decir, “el número de los tontos
es infinito”. O no cabe un tonto más.
Flébil:
“digno de ser llorado” y “lamentable, triste, lacrimoso”
Nos
gusta esta palabra por su carácter un tanto Frankenstein: es familia cercana de
“feble” (“débil, flaco”) y el propio término “débil”, lo que da lugar a esta
simpática mezcla que parece ideada por un humorista. El diccionario aclara, eso
sí, que es un término poético.
Hobachón:
“dicho de una persona: que, teniendo muchas carnes, es de poca energía para el
trabajo”
O
lo que vendría a ser un gordito vago de los tiempos en los que la corrección
política no existía. Max Aub utiliza el término en Campo cerrado, sobre la vida
de un castellonense que llega a Barcelona pocos años antes de la Guerra Civil:
“Sobre el mármol veteado de la mesilla de noche el reloj pulsera del hobachón”.
Jumera:
“borrachera, embriaguez”
La
próxima vez que el lector pierda la cuenta de las cervezas, vinos o gin-tonics
que ha ingerido puede dárselas de Galdós, que utilizó el término en Fortunata y
Jacinta (“sus jumeras eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas,
porque todo lo decía llorando”) y afirmar que hemos pillado una jumera de
campeonato.
Majagranzas:
coloquial, “hombre pesado y necio”
Como
habrá descubierto el lector, es sencillo averiguar el significado de esta
palabra: se trata de la composición de “majar” y “granzas”. ¿Uh? Para el que
aún tenga dudas, recordemos que “majar” es un sinónimo de “machacar” y la
granza son los residuos del grano cuando este es aventado. En resumidas
cuentas, algo semejante a un mamacallos.
Occiso:
“muerto violentamente”
Advertimos
que si al lector le da por buscar por la red el término “occiso” se encontrará
con una larga serie de fotos de cadáveres degollados, cuando no desmembrados.
Se trata de un término empleado de forma habitual en el ámbito policial y
criminal. Aunque suene un tanto extraña, comparte el mismo origen que
Occidente, que hace referencia al lugar por donde muere el Sol.
Parusía:
“advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos”
No
confundir con la parresía de la que hablaba Michel Foucault. Proviene de la
palabra utilizada en griego para referirse a “presencia” o “bienes”, pero
también “venida”. El libro del pastor James Stuart Russell La parusía devolvió
el término a la actualidad… del siglo XIX.
Penseque:
coloquial, “error nacido de ligereza, descuido o falta de meditación”
Como
hemos demostrado en otras ocasiones, somos grandes admiradores del refrán “el
creique y el penseque son amigos del tonteque”. Por eso rescatamos este término
empleado, entre otros, por Tirso de Molina. En Quien calla otorga, uno de los
personajes preguntaba a otro “¿sois hombre de penseque?” después de que dudase
al decir “pensé que el conde...”
Sicofanta:
“impostor, calumniador”
En
la Atenas clásica, el nombre que recibía el denunciante profesional,
generalmente a sueldo de un interesado que no quería que su identidad se
desvelase o que pretendría que un adversario fuese calumniado, aunque fuese sin
razón. Hoy en día sería el delator, acusador o soplón medio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario