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domingo, 12 de abril de 2020

Beethoven y sus achaque - Revistas Gutiérrez 1929 (12.04.2020)

Beethoven y sus achaque - Revistas Gutiérrez 1929 (12.04.2020)
El mal genio de los genios
La figura inmortal del sordo de Bom, precioso y familiar nombre de
banderillero de novillos con que corrientemente nombramos al coloso de la música, ha sido analizada por los médicos ávidos de diagnosticar no sólo sus enfermos, sino también las supuestas enfermedades de los héroes pretéritos.

Beethoven, según sus cronistas, íntimamente tratado, además de sordo, era un pelmazo, colérico, soberbio, gruñón, insociable, etc. Las opiniones se dividen: unos achacan este genio del genio a la sordera; otros, a la enteritis; alguno piensa que le olían los pies; otros se aferran en la idea de una pasión amorosa insatisfecha; en fin, el pobre Beethoven, fuera de su música, ¡¡única!!, fue un ser verdaderamente inaguantable.

Beethoven achaca su sordera a un enfriamiento. Cierto día de sol fuerte, en el 1796, el músico marchó a un bosque cercano para oír el canto del cuco, que tan maravillosamente habría de reproducir más tarde en su magnífica sinfonía pastoral. La mañana era cálida, y el cuco, que por lo visto tenía otros quehaceres, no cantó hasta, la una menos cuarto. Esta espera hizo desesperar al maestro, que volvió a casa mediada la tarde, sudoroso y maldiciendo del cuco. Ya en casa, agobiado por el calor, se aligeró de ropa y se sentó en plena corriente; esta imprudencia le costó un resfriado, base inicial de su sordera.

Más adelante, cuentan sus biógrafos que tuvo una bronca en Viena, bronca motivada por si el pan estaba poco cocido, dándole el encargado de Viena con una barra en la cabeza, produciéndole una herida que le agravó el proceso auditivo.

Beethoven, contra la opinión de Frizt Halssen, el viejo organista de Chupatteesa, la aldea romántica que baña el Rin, no fue fuerte nunca. Ya al servir al rey fue dado por inútil por padecer una hernia, tener un pie plano y haberse enterado el sargento que tendría que ser genio y el servicio le quitaría inspiración. Fue el único soldado declarado inútil, pues en esta quinta se llevó el reconocimiento con tanto rigor, que la quinta de Beethoven pasó a la posteridad como ejemplo.

En 1800 Beethoven se ve atacado de una diarrea pertinaz, que no respeta al genio; y duros contrastes de la vida, mientras compone las románticas y delicadas notas de sus sonatas, tiene una mano en el teclado y la otra sujetándose el vientre, y, veloz, tiene que abandonar el piano y sumergirse en intimas negruras, tan poco inspiradoras de motivos melódicos; mas el genio es el genio, y con el lápiz sigue escribiendo compases y más compases en el rollo de papel higiénico, que más tarde se harán famosos. ¿No nacería en estos momentos la famosa tormenta de su sinfonía pastoral?

La cólera contra los médicos surge en Beethoven, violenta, al ver el fracaso en el tratamiento de su sordera; y en 1804 escribe a un amigo la siguiente carta:

"Estoy desesperado; ya no tengo ni fuerzas para marchar a España a que me vea Tapia; los médicos de Berlín son caros y malos. Tapia, que es de Riaza, creo que tiene un gran amor por los músicos. Tal vez no me llevaría nada y se consideraría pagado con que le dedicara una sonata y diese en su hotelito una cachupinada, acompañando al piano a alguna tiple de ópera recién operada de anginas, o a Spaventa. Mas el viaje a España no me agrada; se puede molestar el maestro Guerrero, y Vives creerá que son míos algunos compases de su Maruxa. Decididamente, no voy a España."

En esta carta se ve el estado deprimido del maestro de Bom

En 1806 Beethoven cae en un 13 entable estado de desesperación y melancolía, que le lleva al intento de suicidio, cosa que no puede conseguir por llevarlo a cabo con una escofina Losada, que sólo le produjo ligeras erosiones en el cuello.

Un poco repuesto, pasó el verano en una finca de campo, donde trabajó bastante, componiendo tres sonatas y un reloj de pesas de su abuelo el maestro Francisco Jorge Juan Antonio Florentino von Beethoven, que también fue músico, tocando desde su infancia el cornetín de pistón y a las mozas del lugar.

Beethoven es un gran filósofo. Lo demuestran sus geniales observaciones. En este retiro campestre se veía desde el lecho un magnífico nogal, que le hace exclamar: "¡Qué verdad es todo en el campo: el nogal es nogal; en Berlín, el nogal es pino con una ligera chapa!" De estas sutilezas tiene muchas el coloso.

En el verano siguiente ama locamente a la marquesa Olga Carlota de Wiswalen. Tímido, no se decide a declararla su intenso amor, y la dedica una sonata de piano, que la envía reservadamente. ¡Y cuánto goza el genio en las claras y lunares noches vernales, en el parque del castillo, mientras la romántica Olga Carlota de Wiswalen toca con sus manos de fino terciopelo la cuarta sonata, su magnífica y romántica creación! ¡Qué feliz fue en esta época el maestro!... ¡Más qué efímera!

La sordera avanza, y Beethoven se dedica al alcohol; bebe para mitigar sus penas, como un viejo remero del Volga. Su hígado se estropea de un modo progresivo; su vista se cansa; sus pulmones flaquean, y el genio fallece en 1827, a causa de una cirrosis de Laennec, nefasta colaboración del músico y del médico, que sólo dio lugar a una marcha fúnebre, la marcha de Beethoven a la tumba fría, de la que había de salir purificado de toda enfermedad para vivir la gloriosa y cómoda vida de genio, que además de innumerables ventajas tiene la primordial de no caer nunca enfermo, y, por lo tanto, no necesitar de la intervención de los médicos, que, si a veces nos curan, luego cuentan a la posteridad que padecíamos hemorroides, diarreas y otras menudencias que hacen perder el romanticismo, no digo a Beethoven, sino a la mismísima Margarita Gautier, pongo por caso clínico.

Félix HERCH

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