No
hay que tomar, como base para establecer una teoría los ejercicios más o
menos hábiles que hacen algunos animales amaestrados en los circos, porque muchos de ellos obedecen a señales que, con el látigo, con la mano y aun con la mirada les hacen los domadores.
menos hábiles que hacen algunos animales amaestrados en los circos, porque muchos de ellos obedecen a señales que, con el látigo, con la mano y aun con la mirada les hacen los domadores.
El
doctor ruso Timoíleff ha hecho prolijos experimentos para estudiar hasta qué
grado llega la inteligencia de los animales en la cuestión de aritmética.
Los
loros — dice — pueden contar hasta cuatro; los grajos, hasta diez; los perros,
hasta 24; los gatos, nada más que hasta seis; y los caballos, a pesar de tener
justa fama de ser muy estúpidos, son los que se llevan la palma como
calculadores.
En
una aldea de la provincia de Pokoff, el doctor Timofleff tuvo ocasión de montar
varios días un caballo que se paraba cada vez que había recorrido 21 verstas:
ora que había sido acostumbrado a que se le diera de comer cada vez que
recorría esa distancia. Una de las veces en que el doctor le observó se detuvo
tres verstas antes de las 21. Esto despertó mucho la curiosidad del sabio, el cual,
prosiguiendo sus investigaciones, descubrió que el caballo debía calcular la
distancia por el número de postes de telégrafo que pasaba, pues el día en que
cometió el error había, en la carretera tres postes más de señales, que el
animal creyó ser del telégrafo.
Otro
caballo observado por el mismo doctor estaba acostumbrado a que le dieran el
pienso a las 12 del día. Tenía la cuadra cerca de la iglesia, y cuando el reloj
de la torre empezaba a dar campanadas, el caballo enderezaba las orejas y se
ponía a escuchar. Si las campanadas no eran más que 11, bajaba otra vez las
orejas y no daba señales de impaciencia; pero si las campanadas eran 12,
mostraba con relinchos su satisfacción y empezaba a agitarse hasta que veía
aparecer a su dueño con el pienso.
Un
campesino do la misma provincia poseía un caballo que cuando su amo le dedicaba
a la labranza se detenía cada vez que había hecho 21 surcos, ni uno más ni uno
menos. Era que para entonces el cansancio le dominaba y necesitaba un poco de
reposo.

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