DEL
TRAJE CLARO
Apenas
los castaños de Indias extienden sus ramas nuevas cubiertas de
copetillos de flor, con pompa De candelabros, Madrid adquiere el alma adolescente de una mujer vestida de claro.
copetillos de flor, con pompa De candelabros, Madrid adquiere el alma adolescente de una mujer vestida de claro.
Toda
la pesadez, todo el aburguesamiento moral, toda la hurañía de la época de las
nieves y de las escarchas se las lleva el viento de marzo. Las mujeres, todas
las mujeres se atavían con gasas, con muselinas, con telas transparentes. Las
modistas no hacen vestidos; se limitan a asociar
soplos de brisa. En calles y paseos, en tertulias y teatros, triunfan como
jamás triunfaron estas muchachas, predilectas ahora, en verano, de Nuestra
Señora la Levedad... Son blandas e imponderables como un perfume, como una
melodía, como una sonrisa, como una insinuación. Admirándolas llega a sospecharse
que, si se lanzan a amar, en vez de hundir puñales en el corazón del hombre,
han de consagrarse a vendárselo; y es de presumir que la merced de su cariño
agite el pecho del favorecido, con aterciopelados estremecí mientes de
convaleciente, de misericordia crepuscular...
Ahora,
llegado el buen tiempo, las madrileñas aligeran el alma, ingrávida siempre, de
la Villa y Corte. Los trajes caros, en la mujer, excluyen todo pensamiento
luctuoso. Y aun los hombres nos sentimos contagiados de tanta ligereza y
júbilo. Embutidos a nuestra vez en telas gayas y calzados blancos perdemos la
inevitable gravedad del invierno, gravedad sesuda y displicente, emparentada
con las orejas de los borricos.
Los
trajes claros de las mujeres desparraman por la ciudad una dulce despreocupación,
una sistemática propensión a la chanza y a la jocundidad, y mantienen, asimismo,
a altura conveniente, el termómetro de la convivencia social. Ni adustez ni estupidez.
El corazón marca entonces treinta grados...
Cuando
desaparecen estos trajes blancos, adviene el melodramático paraguas, el frío,
las pieles, las estufas, los gabanes, los gestos hoscos, las palabras
glaciales... El alma se refugia entre unas pieles y se enturbia. Todos vestimos
de negro. Nos entumecemos, nos reconcentramos. Se nos va el alma y hasta el gusto
de amar, golondrinas asustadas por el falso calorcillo del carbón de cock y de
las alfombras, que porfían, estérilmente, por suplantar el dorado consuelo de
estos días...
Inclinémonos,
perfectamente emocionados, ante esas telas vaporosas tras las cuales se insinúa
la carne, gloriosamente prometedora... Debajo de una buena muselina no hay ahora
ninguna curva defectuosa. El traje claro es el alcahuete mejor del buen tiempo,
y el buen tiempo, en este Madrid, es el protector de todas las mujeres, hasta
de las plebeyas o de las poco favorecidas plásticamente.
En
invierno, el hombre contemplando a una mujer la cotiza, la examina receloso
pensando que puede perderse para siempre llevándosela a la calle de la Pasa. La
mujer es, entonces, un peligro delicioso, pero temible. En cambio, al asomar
el estío, todas estas preocupaciones se disipan, y la mujer se nos ofrece
engolosinadora, deliciosamente falaz, imponiendo con toda su soberanía el encanto
de su sexo. Imposible resistir. Los hombres estamos perdidos desde abril a
septiembre. El traje claro, el coche abierto, el descota y la renovación
primaveral convierten al hombre en un pelele, expuesto a todas las manteaduras
con que Cupido tenga a bien agasajarle. Ese Cupido que en diciembre se esconde,
sombrío, huraño y glotón, sin las jubilosas efusiones y claridades de ahora...

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