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domingo, 12 de abril de 2020

Elogios eróticos – Flirt 1922 diciembre (12.04.2020)

Elogios eróticos – Flirt 1922 diciembre (12.04.2020)
DEL TRAJE CLARO

Apenas los castaños de Indias extienden sus ramas nuevas cubiertas de
copetillos de flor, con pompa De candelabros, Madrid adquiere el alma adolescente de una mujer vestida de claro.

Toda la pesadez, todo el aburguesamiento moral, toda la hurañía de la época de las nieves y de las escarchas se las lleva el viento de marzo. Las mujeres, todas las mujeres se atavían con gasas, con muselinas, con telas transparentes. Las modistas no hacen vestidos; se limitan a asociar soplos de brisa. En calles y paseos, en tertulias y teatros, triunfan como jamás triunfaron estas muchachas, predilectas ahora, en verano, de Nuestra Señora la Levedad... Son blandas e imponderables como un perfume, como una melodía, como una sonrisa, como una insinuación. Admirándolas llega a sospecharse que, si se lanzan a amar, en vez de hundir puñales en el corazón del hombre, han de consagrarse a vendárselo; y es de presumir que la merced de su cariño agite el pecho del favorecido, con aterciopelados estremecí mientes de convaleciente, de misericordia crepuscular...

Ahora, llegado el buen tiempo, las madrileñas aligeran el alma, ingrávida siempre, de la Villa y Corte. Los trajes caros, en la mujer, excluyen todo pensamiento luctuoso. Y aun los hombres nos sentimos contagiados de tanta ligereza y júbilo. Embutidos a nuestra vez en telas gayas y calzados blancos perdemos la inevitable gravedad del invierno, gravedad sesuda y displicente, emparentada con las orejas de los borricos.

Los trajes claros de las mujeres desparraman por la ciudad una dulce despreocupación, una sistemática propensión a la chanza y a la jocundidad, y mantienen, asimismo, a altura conveniente, el termómetro de la convivencia social. Ni adustez ni estupidez. El corazón marca entonces treinta grados...

Cuando desaparecen estos trajes blancos, adviene el melodramático paraguas, el frío, las pieles, las estufas, los gabanes, los gestos hoscos, las palabras glaciales... El alma se refugia entre unas pieles y se enturbia. Todos vestimos de negro. Nos entumecemos, nos reconcentramos. Se nos va el alma y hasta el gusto de amar, golondrinas asustadas por el falso calorcillo del carbón de cock y de las alfombras, que porfían, estérilmente, por suplantar el dorado consuelo de estos días...

Inclinémonos, perfectamente emocionados, ante esas telas vaporosas tras las cuales se insinúa la carne, gloriosamente prometedora... Debajo de una buena muselina no hay ahora ninguna curva defectuosa. El traje claro es el alcahuete mejor del buen tiempo, y el buen tiempo, en este Madrid, es el protector de todas las mujeres, hasta de las plebeyas o de las poco favorecidas plásticamente.

En invierno, el hombre contemplando a una mujer la cotiza, la examina receloso pensando que puede perderse para siempre llevándosela a la calle de la Pasa. La mujer es, entonces, un peligro  delicioso, pero temible. En cambio, al asomar el estío, todas estas preocupaciones se disipan, y la mujer se nos ofrece engolosinadora, deliciosamente falaz, imponiendo con toda su soberanía el encanto de su sexo. Imposible resistir. Los hombres estamos perdidos desde abril a septiembre. El traje claro, el coche abierto, el descota y la renovación primaveral convierten al hombre en un pelele, expuesto a todas las manteaduras con que Cupido tenga a bien agasajarle. Ese Cupido que en diciembre se esconde, sombrío, huraño y glotón, sin las jubilosas efusiones y claridades de ahora...

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