Tan
clara como el brillo de la aurora,
igual
que la esperanza
es
de tus glaucos y hechiceros ojos
su
tierna y triste, angelical mirada.
Un
día que yo estaba taciturno,
recordando
queridas añoranzas,
al
mirarme tus ojos seductores
se
encendieron las luces de mi alma.
¡Cuánto
vale, alma mía,
tu
mirada,
tan
triste,
tan
querida,
tan
amarga
que
me dice el misterio de unos ojos
que
reflejan las noches de tu alma!
Vale
más tu mirada fascinante,
vale
más tu mirada solitaria
que
todos los palacios de la tierra,
que
todas las estatuas,
que
los célicos sones de mil liras
que
tañen los poetas cuando el alba
asoma
por los vastos horizontes
de
todas las montañas,
y
las aves de todos los países
las
saludan en rítmicas sonatas.
Vale
más que los lirios y las flores
que
perfuman los campos de mi patria,
que
todos los ambientes de la tierra
que
de perfumes embalsama el aura.
Vale
más que la luna y las estrellas
que
al cielo adornan en la noche clara,
que
todos los diamantes y coronas
y
que todas las joyas que más valgan.
Y
no hay cosa visible sobre el orbe
que
valga lo que vale tu mirada.
¡Oh,
Dios mío!¡Dios mío!¡Quégrandaza!
Vale
más tu mirada que mi alma.
Estaba
yo abatido y taciturno,
estaba
mi alma enferma y apagada,
y
a la triste mirada de tus ojos
se
encendieron las luces de mi alma.

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