En
materia de teatros sé equivoca todo el mundo de una manera lamentable.
Se equivocan los autores que muchas veces creen haber hecho una comedia maravillosa y sólo han perjeñado un buñuelo de batata. Se equivocan los críticos que, con los cristales de las fotias o de las filias, ven casi siempre las cosas de color distinto del que tienen, y se equivocan los autores al prejuzgar el valor de las obras, lo que es muy comprensible, porque ellos ven las comedias desde el escenario, y las comedias se escriben para ser vistas desde las butacas.
Se equivocan los autores que muchas veces creen haber hecho una comedia maravillosa y sólo han perjeñado un buñuelo de batata. Se equivocan los críticos que, con los cristales de las fotias o de las filias, ven casi siempre las cosas de color distinto del que tienen, y se equivocan los autores al prejuzgar el valor de las obras, lo que es muy comprensible, porque ellos ven las comedias desde el escenario, y las comedias se escriben para ser vistas desde las butacas.
No
voy a ocuparme en estas cuartillas de las equivocaciones de los autores: antes
la muerte. Los autores no debemos asaltar las columnas de los periódicos para
poner de oro y azul a los compañeros; no creo que jamás se haya hecho tal cosa
por ningún autor que verdaderamente lo sea. Quede esa faena para los aprendices
de escalpelistas o para los noveles fracasados que gracias al escalpelo
estrenan tal o cual erupto literario para ir tirando…, dicho sea, sin segunda.
Tampoco
voy a ocuparme de las equivocaciones de algunos críticos. No es tiempo aún. Ya
lo haré en su día, mucho más adelante, en un libro que voy escribiendo a medida
que voy viviendo y que, perdonen ustedes la inmodestia, tiene la gracia por
quintales. ¡La que se va a armar!... Habrá risa para muchos años.
Las
equivocaciones de que quiero ocuparme son las de los actores y no de las
equivocaciones de los actores al juzgar las comedias, sino al interpretarlas;
vamos, de lo que ellos llaman "lapsus lingüe", y que yo llamo
"lapsus", al cuello, con nudo corredizo y seis tíos tirando.
Porque
hay equivocaciones capaces de poner en peligro a la comedia bajada del cielo;
pero si el actor después de cometido el yerro pretende enmendarlo, entonces no
hay salvación posible y a morir se ha dicho. Por fortuna, el tipo del actor que
se equivoca y arregla luego la equivocación no abunda.
Muchos
cómicos han dicho en escena gorra en vez de guerra, eso es sabido; pero no han
tratado de enmendarlo, y todo se ha reducido a una risotada del público y a que
el actor que aparentaba no haberse enterado de la coladura, preguntase en voz
baja a cualquier compañero: "¿De qué ríen, tú?"
Pero
yo he oído a un galán amoroso, en una escena lacrimosa en la que se quejaba de
la guerra que le hacía el padre de su amada, decir:
—
¡Ay!... Me está haciendo una gorra cruel...—Y añadir latíguilleando y sin
inmutarse: —¡Sí! ¡Cruel, cruel! Porque me está chica y me aprieta las Bienes...
En
una comedia mía. La verdad de la mentira, hace su entrada el protagonista
diciéndole a la dama: "Voy a tomar nota..."
El
protagonista de mi cuento, que era de los arregladores, se equivocó, y en vez
de "Voy a tomar nota", dijo: "Voy a tomar nata..." Pero
antes de que el público lanzara la carcajada, añadió, con un aplomo sin
precedentes:
—Sí;
voy a tomar nata, porque el café con leche me irrita muchísimo...
Bueno;
los gritos se oyeron a seis leguas.
A
ese mismo actor le oí decir en escena una de las cosas más graciosas que he
oído en mi vida.
Hacían
una obra en verso, y él, en una escena más seria que la cara de Capaparda,
tenía que decirle a otro actor, que vestía de uniforme y grandes cruces:
"Tal
especie, por mi mal,
la
sostiene la calumnia;
la
calumnia, general..."
Y
el pobre hombre, en vez de "calumnia", largo un "columnia"
como una casa, y, sin el más leve titubeo, declamó:
"Tal
especie, por mi mal,
la
sostiene la columnia,
la
columnia vertebral..."
Y
hubo que echar el telón y devolver el dinero a los espectadores.
En
cambio, no se dio cuenta el público, en cierta ocasión, no lejana, por cierto,
del arreglito hecho por un actor ya anciano, de uno de los colemos más
divertidos que pueden recordarse. Era una obra de época, y el actor de
referencia hacía de fraile, un fraile barbudo que de pronto se adelantaba hacia
el rey, sacaba un pergamino, y decía, muy campanudamente, mostrándoselo:
—Ved,
señor: yo también tengo mi protocolo...
Y
se coló en lo del protocolo, y dijo, con un énfasis extraordinario:
—Ved,
señor: yo también tengo mi potro... coló; pero, ¡ay!, los hábitos me impiden
montarlo...
El
público se quedó tan fresco; pero al autor de la obra y a mí nos echaron del
teatro, y una hora después todavía estábamos en la calle riéndonos.
Pedro
Muñoz Seca

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