No
me hable usted, querido lector, de la bohemia madrileña. En Madrid no
hay bohemia. De un lado hay miseria, pauperismo, tuberculosis, y del otro lado hay literatura; pero nosotros no hemos sabido aún, como los parisienses, fusionar estos diversos elementos y constituir con ellos una bohemia digna de tal nombre. Cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa. ¡Ciudadanos cuya manera de comer consiste en ayunar, y que, en cuanto pudieran seguir normalmente un régimen alimenticio, perderían el público de que disponen, y se morirían do hambre! Estos ciudadanos demuestran lo vago, lo artificial, lo histriónico de la bohemia de Madrid.
hay bohemia. De un lado hay miseria, pauperismo, tuberculosis, y del otro lado hay literatura; pero nosotros no hemos sabido aún, como los parisienses, fusionar estos diversos elementos y constituir con ellos una bohemia digna de tal nombre. Cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa. ¡Ciudadanos cuya manera de comer consiste en ayunar, y que, en cuanto pudieran seguir normalmente un régimen alimenticio, perderían el público de que disponen, y se morirían do hambre! Estos ciudadanos demuestran lo vago, lo artificial, lo histriónico de la bohemia de Madrid.
Decididamente,
en Madrid no hay bohemia, lo que no quiere decir que la literatura enriquezca
aquí a sus cultivadores, sino todo lo contrario. La bohemia, al fin y al cabo,
viene a ser algo así como una miseria de lujo, como una miseria superflua. Se
supone que el bohemio, si se viste de andrajos, si come mal y si duerme poco,
lo hace más por temperamento que por necesidad, y que para cambiar de vida le
bastaría, sencillamente, con sentar un poco la cabeza. El bohemio, o no existe
como tal bohemio, o es lo que llamaríamos un pobre de postín, un señorito de la
indigencia, en la cual también hay sus clases y sus categorías. Si el público
establece una distinción entre la miseria del bohemio y la miseria general,
¿por qué ha de hacerlo más que por el carácter voluntario que en cierto modo le
atribuye a la primera?
Pero
aquí al escritor que quiera morirse de hambre le bastará para ello con ejercer
honradamente su profesión, y no tendrá necesidad ninguna da proponérselo a
priori. Quizás los escritores españoles que arrastran una vida misérima tengan,
en el fondo, la vocación de esta vida; pero, aunque no la tuviesen arrastrarían
una vida misérrima. Nuestra indigencia carece de alternativa posible, y por
esto, siendo Madrid uno de los pueblos que peor alimentan a sus literatos, la
bohemia literaria resulta en él completamente desconocida.
¡Ahí
es nada la tradición de riqueza que se necesita en un país para que la miseria
llegue a adquirir en él ese carácter suntuario de la bohemia parisiense! En
París el bohemio es un héroe. Aquí es un pobre, y cuando pretende convertir en
Mimí a una modistilla de los Barrios Bajos, la modistilla le abandona por un
peón de albañil o por un señorito verdadero. La excelente muchacha, con su
natural buen sentido, no concibe cómo se pueda ayunar voluntariamente en una
tierra de ayunos obligatorios, y no cree en la bohemia, un bohemio, para ella,
es como un pelirrojo de quien, aunque en su fuero interno tenga una profunda
vocación de pelirrojo, no se podrá decir nunca que es pelirrojo por vocación.
No.
No hay bohemia en Madrid. La bohemia es un lujo de sociedades ricas, y nosotros
estamos muy pobres. Nuestra literatura producirá pauperismo y tuberculosis,
pero nuestra tuberculosis y nuestro pauperismo no producen literatura ninguna.
Julio
Camba

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