Leyenda
de la abuela (El guerrero azteca) (09.04.2020)
De
cinco masas y cuatro atoles están hechos los hombres, lo que está
simbolizado por las cinco masas que vienen de los cinco diferentes
colores del maíz: blanco, amarillo, rojo, negro y azul; los cuatro atoles son
los colores intermedios. También con esto se simboliza a las cinco razas. El
venerable maestro Samael nos habla de que existieron los hombres azules, los
etéricos.
Son
las cinco razas desarrolladas hasta la fecha.
La
abuela (la Divina Madre) es la que da el bastón de mando ('Axitl') al guerrero.
"Yo
poseo la nada; más si mi abuela me diera un bastón, podría voltear la Tierra al
revés, cristalizar el cielo y vivir eternamente".
El
'axitl' o bastón es corto, pues es tan sagrado que no debe tocar el suelo.
Representa el fuego sagrado que asciende por la espina dorsal, llega a la
pineal y luego desciende a la base de la nariz, hasta llegar al corazón.
Entre
los 'nawas' existió todo un complejo de percepciones por el que se concibió al
cosmos a partir de un modelo corporal y, a la inversa, que explicó la fisiología
humana en función a los procesos generales del universo.
El
cuerpo humano es núcleo y vínculo general con el Cosmos, centro de nuestras
percepciones, receptor y transmisor de pensamientos, principio de nuestra
acción y actor, beneficiario y víctima de nuestras emociones y pasiones.
Las
concepciones o más bien percepciones de la Naturaleza y el Cosmos, guiaron y
justificaron el comportamiento práctico de los distintos componentes de la
sociedad 'nawa'.
Nuestros
antepasados fueron conocedores de los valores eternos que han sido olvidados y
que son factibles de ser revividos en beneficio de las sociedades
contemporáneas.
Cada
ser humano es el centro de su propio universo personal y tiene que respetar a
todos los demás universos.
Un
cazador usa su mundo lo menos posible, pero con ternura y delicadeza.
Buscar
la perfección del espíritu es la única tarea digna de nuestra hombría y del
guerrero.
El
guerrero debe ser impecable. El guerrero debe ser libre, fluido, imprevisible. No
debe tener rutinas.
No
debe tener historia.
No
debe tener apegos.
Debe
perder la importancia personal.
Un
guerrero puede sufrir daño, pero no ofensa. Para un guerrero no hay nada
ofensivo en los actos o palabras de los demás, mientras él mismo esté actuando
dentro del ánimo correcto.
Un
guerrero debe hacerlo todo como si fuera su última batalla sobre la Tierra.
Un
guerrero va al encuentro de sí mismo, dando gracias por todo lo pasado y por lo
que en ese momento es; sin pedir nada, pero con la alegría del que va al
encuentro de su Padre.
El
ánimo de un guerrero no es tan descabellado en el mundo social ni para nadie.
Se necesita para salirse de toda clase de tonterías y vanidades.
Pero
la lucha, la negación de sí mismo, el sacrificio, debe ser en cada instante.
Constantemente hay que matar el minuto, la hora, el día, el mes, el año, que
pasan. Esta es la guerra florida, la guerra contra sí mismo, puesto que el
hombre debe florecer y esto lo logra sólo a base de méritos del corazón y trabajo
intenso con la energía creadora, sin derramar el vaso sagrado.
El
guerrero 'tolteka', debe ir al conocimiento como a la guerra: con miedo, pero
con determinación.
Nochtin
ti welitih Todos podemos
Keh
kuau ti patlanih volar como águilas,
patlan
tlaikpak volando sobre la Tierra,
yawaloa
in Zemanawak circulando el Universo,
ika
tlawillik atlapaltin con alas de blanca luz.
El
sentimiento de la muerte torna al guerrero dulce y bondadoso, pues para él,
ante este fin irremediable, todos los destinos son válidos. Nada nos diferencia
de un escarabajo; la muerte nos acecha a todos, como una sombra.
La
dulzura y bondad espontánea de los hombres llamados primitivos, es la prueba de
su superioridad sobre el hombre civilizado, es decir, envuelto en mil
cobardías.
Los
actos del guerrero tienen un poder, particularmente cuando quien actúa sabe que
son la última batalla en la tierra. El hombre corriente puede ser comparado con
un viajero adormecido, que
va, sin apercibirse, de estación en estación; la estación terminal es la muerte
y él no habrá tenido placer ninguno en el viaje.
Algunos
consideran las cosas como una bendición, otros como una maldición; el guerrero
toma todo en la vida como un reto. La vida del guerrero es un reto perpetuo.
Tenemos
la responsabilidad de vivir en un Universo misterioso.
Estamos,
pues, en presencia de una purificación radical.
La
sociedad moderna, extraño monopolio de una secta cosmopolita, se distingue de
otras sociedades por guardar silencio sobre la muerte. Toda referencia a la
muerte está proscrita, y los muertos son escamoteados. Para el guerrero, la
muerte es, por el contrario, la única compañía verdadera, la consejera que
testimonia todos nuestros actos.
El
guerrero debe actuar siempre como un lúcido hombre acosado. El hombre que cree
tener todo su tiempo es a menudo el grosero, ávido y libidinoso que el guerrero
no debe ser; éste si actúa con el sentimiento de la urgencia, jamás actúa con
odio y, ciertamente, rechaza comportarse como un cerdo so pretexto de que la
vida le ha de faltar.
El
guerrero forja su paciencia, que es el arte de perseguir su objetivo sin proyectar
nada de antemano, viviendo con plenitud el momento presente.

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