Pasamos
todo el día con estas palabras en la punta de la lengua, pero solemos
desconocer su origen y los sentidos que tuvieron en un pasado. Así que aprendamos a insultar con conocimiento de causa
desconocer su origen y los sentidos que tuvieron en un pasado. Así que aprendamos a insultar con conocimiento de causa
22/09/2017
12:17 AUTOR HÉCTOR G. BARNÉS
A
la hora de faltar al respeto a los que nos rodean, el idioma español nos ha
proporcionado un gran número de bellas herramientas, a cada cual más sonora y
retorcida. ¿Queremos resaltar la rudeza de nuestro adversario? Podemos llamarle
bucéfalo, que probablemente se quedará a cuadros. ¿Preferimos apelar mejor a su
inteligencia? Gaznápiro o mamacallos nos servirán. ¿Es un inútil? Pues
petimetre al canto.
La
mayor parte de ocasiones, no obstante, preferiremos dejar a un lado la
inventiva en favor de la comprensión –vaya, que el insultado sepa bien claro lo
que le estamos llamando–, por lo que recurriremos al ramillete de expresiones
que los españoles utilizamos sin parar, ese póker de ases en el que no pueden
faltar el sonoro “cabrón” o el más filigranesco “gilipollas”… Eso siempre y
cuando no salgamos de nuestras fronteras y profundicemos en el riquísimo acervo
latinoamericano, de “huevón” a “boludo”.
¿Sabemos
de verdad qué significan esas palabras? Por lo general, tenemos una lejana
noción, pero desconocemos cuándo comenzaron a ser empleadas y por qué razón.
Hágannos caso: no hay nada más gratificante que faltarle el respeto a una
persona conociendo todos los matices de significado de la expresión que
empleamos. Para ello, nada mejor que El gran libro de los insultos de Pancracio
Celdrán, que 20 años después de su publicación sigue siendo la mejor referencia
sobre el tema.
Bastardo
A
los españoles, como a tantas naciones europeas preocupadas por el linaje, nos
gusta atentar contra la dignidad de los que nos rodean apelando a sus orígenes.
Un bastardo es, como señala el diccionario de la RAE, el “hijo nacido de una
unión no matrimonial” o “hijo ilegítimo de padre conocido”. Celdrán señala que
el término evoluciona del francés “bâtard”, que allí de hijos bastardos de
monarcas saben casi tanto como nosotros. El autor data a mediados del siglo
XIV, en la Castilla de Pedro I, su primera utilización, cuando la Crónica de
Pedro el Cruel lo utilizó para referirse al hijo bastardo de Alfonso XI.
Durante
mucho tiempo, 'hijo deputa' fue el insulto más violento de todos, tanto que
exigía retribución por parte del agraviado
No
obstante, debemos estar agradecidos si nuestros adversarios utilizan el término
“bastardo” para referirse a alguien, puesto que están reconociendo
implícitamente que somos de alta cuna. Si no, nos habrían llamado “hijo de
puta”. Aún hay clases.
Cabrón
Una
palabra que suena a macho de cabra y, efectivamente lo es. De todos los
términos de la lista, es probablemente uno de los más fáciles de interpretar:
un cabrón tiene cuernos, igual que aquel a quien la parienta les es infiel, con
lo que poca ciencia tiene el asunto. Por ello es también uno de los improperios
más antiguos: como señala Celdrán, ya Gonzalo de Berceo lo empleaba en el
mester de clerecía durante el siglo XIII, cuando escribía: “y el cabrón de
miçer Prades, descornado, cabiztuerto, saco lleno de ruindades y otro tropel de
abades, en las cámaras del huerto”.
Conviene
tener en cuenta que, en un gran número de utilizaciones del término, el cabrón
era permisivo con la infidelidad de su mujer, como señalaba Covarrubias: “y
también porque el hombre se lo consiente”. Algo que, como señalaba Camilo José
Cela en su Diccionario, “es más triste que el cabrón con pintas, más pudoroso
que el cabronazo, y su noción coincide con la de cabroncillo o cabronzuelo”.
Gilipolllas
El
mundo árabe dejó una gran cantidad de tesoros en la península ibérica, no sólo
artísticos, sino también lingüísticos. Este es uno de ellos, una palabra
compuesta por la voz árabe “yahil”, “yihil” o “gihil”, que significa “bobo” y
que según explica Celdrán fue muy empleada por los habitantes de la península;
y “pollas” (que no necesita mayor explicación). Al parecer, el popular término
fue escrito por primera vez en el año 1882 por Rodríguez Marín, poeta,
folclorista y lexicólogo especializado en Cervantes y saltaría al estrellato
gracias a Misericordia de Benito Pérez Galdós, ambientada en Madrid. Semejante
resulta el término “poya boba” tan utilizado en las Islas Canarias.
Una
buena alternativa si no queremos pasarnos de la raya es utilizar la variante
“soplapollas”, que para Celdrán también tiene cierto contenido erótico, debido
a los ya desaparecidos matices sexuales del “soplar” (recordemos que “follar”
proviene muy probablemente de “fuelle”). Y, como hemos explicado en otras
ocasiones, soplar por el agujero del pene puede causar una infección al bienintencionado
soplado.
Muchos
de estos insultos, como 'mamón', 'hijo de puta' o 'cabrón', han terminado
adquiriendo un matiz cariñoso
Hijoputa
¿De
verdad hace falta explicar a este retoño de meretriz? Celdrán recuerda que
durante mucho tiempo fue el insulto más violento de todos, tanto que exigía
retribución por parte del agraviado. En el fuero de Madrid de 1202, la forma
femenina “filia de puta” estaba gravemente castigada por las leyes. En muchos
casos, la expresión fue deformada para atenuar su dureza, de “juepucha”,
“hijueputa” o “ahijuna” a “nideputa” o “fijoputa”.
No
obstante, el paso de los años y la relajación de las tensiones causadas por el
honor, terminó suavizando el término hasta que casi ha terminado por
convertirse en un apelativo cariñoso, un proceso semejante al ocurrido con
“cabrón”. Celdrán ofrece una larga serie de equivalentes, a cada cual más
pintoresco: “hijo de la Grandísima Petra”, “hijo de su madre” o ¡“hijo de
condón pinchado”!
Mamón
Otra
de esas que no necesita explicación. Proveniente de latín “mammare”, pero con
un matiz más despectivo y sexual, para significar “sujeto indesesable y
despreciable”. Hoy en día ha terminado por convertirse en un apelativo
cariñoso, especialmente en su variante “mamoncete”. Una palabra hermanada con
otras como “mamahuevos” o “remamahuevos” (el acabose), que Celdrán considera de
creación reciente. Curiosamente, la palabra homónima “mamón”, proveniente del
arameo y significa “riqueza”, “beneficio” o “utilidad”. De ahí ha pasado al
hebreo, por lo que aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento. Incluso
algunas traducciones en castellano han conservado esta palabra en su idioma
original, como ocurre con la realizada en español en 1909 por Reina Valera.
Nada
tiene que ver “mamarracho”, a pesar de compartir en apariencia origen. Esta
proviene del árabe “muharrag”, que servía para nombrar al bufón. De ahí que, en
ese caso, el vocablo esté vinculado del mundo del carnaval y sirva para
ofender, ante todo, en lo que respecta al físico.

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